lunes, agosto 26, 2013

Desajuste mortal

─¿En qué piensas?
─En nada─ miento.
Y no es que me guste mentir, pero hay veces que debo ocultar mis desajustes cerebrales para protegerme de esas miradas aterradas que pone la gente cuando hablas de tus locuras. Porque, para qué negarlo, todos tenemos alguna.
A mí desde hace años me obsesiona la muerte, no el hecho de morir ─algo inevitable y por lo que todos pasaremos─, lo que de verdad me agobia es morir de forma absurda.
La humanidad no da mucha importancia a los fenómenos naturales pero, por ejemplo, en Estados Unidos muere más gente por rayos que por tornados o tiburones. Según una estadística es más fácil que te electrocute un rayo a que te toque la lotería. ¿Quién no conoce a alguien que le cayó un rayo en su casa o en la del vecino? Para acrecentar mi neurosis, el verano pasado avisaron en todos los medios de comunicación sobre la caída en la Tierra de trozos de un satélite, hecho que me obligó a no salir de casa para estar protegida de un posible "satelitazo" en la cabeza.
Mi histeria se desató el otro día al descubrir la elevada proporción de personas que fallece porque les cae un coco de palmera encima de la cabeza. ¡Increíble!
Tengo muchos más casos, pero no quiero que me tildéis de neurótica. Eso sí, si hay una tormenta eléctrica meteros en el coche y cerrarlo a cal y canto para crear  una jaula de Faraday; si cae un meteorito protegeros y si os da miedo ir al Caribe, no sufráis, regaladme el billete que yo me voy encantada (tranquilos, jamás pondré mi toalla bajo un cocotero).

2 comentarios:

  1. Anónimo3:38 a. m.

    Mi querida Emmma. Yo estuve a punto de morir en una isla caribeña cuando cayó un coco de una palmera rozándome la cabeza, sin darme... pero esta batallita no toca ahora.
    Lo de temer a la muerte es síntoma de madurez. Algunos lo llaman vejez, pero no hagas caso.

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  2. Querido Fernando, no sé si es madurez, vejez o más bien inquietud ante esas muertes insólitas ;-) Espero que me relates tu batalla del coco y yo te contaré el día que casi me aniquila un enorme chopo que cayó junto a mi coche o cómo una enorme hoja seca de palmera intentó romperme la crisma. Esas historias que sólo cuando se pueden contar son divertidas.

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